Mi gusto es… (o la otra mirada). Por: Lic. Miguel Ángel Avilés
De niño fui aficionado a la serie Bonanza. Y sigo siéndolo, porque hay aficiones que uno abandona solamente en apariencia:
Se cambia el horario de la serie por el horario de las noticias, el caballo por el carro, Virginia City por la república y a los Cartwright por los políticos de turno, pero uno sigue esperando que aparezca alguien a resolver el capítulo antes de que llegue la última pausa comercial.
Vista ahora, tantos años después, Bonanza resulta bastante más interesante de lo que uno recuerda. Detrás de aquellos sombreros, caballos, pistolas y pleitos de cantina había una serie que se ocupaba con frecuencia de asuntos sociales: racismo, pobreza, abuso de poder, discriminación, justicia, corrupción, intolerancia, migración y conflictos entre la ley y quienes se sentían dueños de ella.
No estaba mal para una serie familiar de los años sesenta, cuando todavía había quien pensaba que el western consistía únicamente en que un señor con sombrero disparara más rápido que otro.
Pero hay un capítulo que, visto desde México, resulta casi una grosería profética. Se llama “Twilight Town” —Pueblo crepuscular o Pueblo del crepúsculo, según la traducción — y cuenta la historia de Little Joe Cartwright, quien, después de ser asaltado- como a trailero en el tramo Puebla-Veracruz llega todo madreado a un pueblo aparentemente normal, y poco a poco descubre que sus habitantes esconden un secreto:
Viven bajo el peso de una tragedia ocurrida años atrás y necesitan que alguien venga de fuera para enfrentar a los forajidos que los tienen aterrorizados.
El asunto se vuelve más extraño cuando Joe descubre que aquellos habitantes no son exactamente lo que parecen. El pueblo tiene algo de cementerio, algo de pesadilla y algo de aquel lugar donde, muchos años después, Juan Preciado preguntaría por su padre. Y ahí fue donde dejé de ver Bonanza y empecé a ver a México.
No es ya no quiera verla la serie – antes muerto que bandido – me refiero que al estar viendo ese capítulo, algo de asociación vino a mi mente o lo que ahora sea: inteligencia normalita – que no tengo mucha -, inteligencia emocional e inteligencia artificial que a la mera hora uno ya no sabe cuál es una y cual es otra.
Pero bueno: esa asociación, el símil o la referencia mía es porque nosotros también contamos con pueblos llenos de muertos. Tenemos los muertos de verdad, los que dejaron de respirar por culpa de los forajidos que se reprodujeron mientras las autoridades explicaban que todo estaba bajo control.
Tenemos también los desaparecidos, que son una forma todavía más cruel de la muerte: personas a las que ni siquiera se les concede el derecho elemental de tener una tumba.
Pero tenemos otros muertos. Los que caminan. Los que opinan. Los que vociferan. Los que desde la comodidad de su teléfono declaran la guerra al régimen, al gobierno, a los corruptos, a los poderosos, a los ricos, a los pobres, a los de derecha, a los de izquierda y hasta al vecino que estacionó mal su camioneta
Son los guerrilleros de Facebook cuyas trincheras tienen Wi-Fi. Sus fusiles son memes y sus partes de guerra consisten en compartir indignaciones ajenas.
Pero su estrategia militar suele terminar cuando alguien les contesta: “Pues haz algo”. Entonces sobreviene un silencio patriótico. Y no me refiero al que lo apuesta todo a la vida partidista y cree, absurdamente, que el resto del mundo es conservador o que se ha cruzado de brazos por décadas si no se afilia.
No. Hablo de quien señala lo que, según él, está pasando, despotrica contra el sexenio en turno pero es incapaz de alzar la voz frente a lo que sucede porque le tiemblan las piernitas y para rematarla, es de los primeros que se forman a la hora que reparten las despensas.
La revolución digital tiene esa ventaja: no deja muertos, no requiere entrenamiento y, sobre todo, no exige levantarse del sillón, al menos que sea para recibir al que llegue, siempre y cuando no lo haga arriesgar su pellejo ni le exija rendir cuentas como gobernado pensante más allá de una pared y un teclado.
Porque una cosa es combatir al forajido desde la pantalla y otra muy distinta salir a la calle cuando el forajido trae escoltas, dinero, policías, abogados, influencias o simplemente la mala costumbre de no tenerle miedo a nadie. Ahí aparece el otro gran personaje de aquel episodio: el líder que el pueblo necesita.
Los habitantes quieren que Joe los defienda. Quieren que alguien tome el riesgo. Quieren que alguien se plante frente a los delincuentes, saque la pistola, haga lo que ellos no hicieron y les devuelva la tranquilidad.
Atodísimamother.
Es decir: quieren justicia, pero de preferencia administrada por otro. Y esa quizá sea una de nuestras grandes especialidades nacionales.
Queremos al héroe, pero no queremos ser sus compañeros de batalla en enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Queremos al líder valiente, siempre y cuando sea valiente por nosotros. Queremos que alguien enfrente al poder, pero que no nos pida acompañarlo porque tenemos una comida familiar, una hipoteca, un puesto, una plaza, una cascarita de futbol, un contrato, una beca, un permiso, una concesión o, simplemente, mucho que perder.
La ciudadanía, en ocasiones, se parece demasiado a un espectador que exige sangre en la pantalla, pero cambia de canal cuando la sangre a borbotones le salpica.
Y así vamos construyendo el país: un ciudadano valiente por cada cien espectadores indignados. Lo terrible es que el poder aprende rápido. Los forajidos también. Descubren que un pueblo dividido, temeroso y acostumbrado a esperar salvadores resulta mucho más cómodo que un pueblo organizado.
Entonces el ciudadano se convierte en espectador de su propia tragedia. Ya no necesita que lo callen. Aprendió a callarse solo, que es una forma mucho más económica de gobernar. Mira pasar al delincuente. Mira pasar al político. Mira pasar al funcionario. Mira pasar al muerto y comenta. Siempre comenta.
Para refunfuñar como la mayoría, pero hasta ahí o para advertir como la viuda del sheriff en esta entrega de Bonanza, pero el resto hacía por callarla o la ignoraban. Porque al que advierte – como los niños frente al emperador que iba desnudo – se le ignora, ya que se le tiene pavor a la verdad.
En el caso de mi país se ha convertido en una gigantesca sección de comentarios donde todos tienen opinión y casi nadie quiere tener responsabilidad. Por eso el capítulo de Bonanza me llevó inevitablemente a Rulfo. A Comala. A ese territorio donde los muertos hablan porque los vivos ya no tienen demasiado que decir.
Solo que nuestro Comala tiene una diferencia: aquí los muertos todavía votan, pagan impuestos, hacen filas, cobran pensiones, van al supermercado y discuten en Facebook. Los muertos vivientes, digo y no hablo de las momias que se enfrentaban al Santo.
Y quizá por eso la comparación resulta todavía más incómoda. Porque un pueblo fantasma no necesariamente es un pueblo sin habitantes. Puede ser un pueblo lleno de gente que perdió la capacidad de reaccionar. Un país puede estar lleno de voces y, sin embargo, encontrarse en silencio. Puede tener millones de ciudadanos y carecer de ciudadanía. Puede tener democracia, elecciones, partidos, congresos, tribunales, discursos, conferencias, hashtags y manifestaciones, y aun así comportarse como aquel pueblo de Bonanza: esperando que llegue alguien de afuera a sacar la pistola.
El problema es que Little Joe era un personaje de televisión. En cambio aquí no viene nadie. Y si viene, probablemente le pediremos que se enfrente solo a los forajidos mientras nosotros observamos desde la ventana, cuidadosamente escondidos detrás de la cortina.
Después, si gana, diremos que siempre estuvimos con él. Y si pierde, diremos que nunca fue nuestro líder. Ese es el pueblo que a la mera hora no es tan bueno ni tan sabio.
Así funciona un pueblo que todavía no sabe si está vivo. Quizá por eso aquella vieja serie de mis años de infantil me resulta ahora menos infantil.
Yo veía a los Cartwright desde la infancia. Hoy sospecho que ellos estaban viendo a México. (en más de un capítulo lo hacen y hasta pulque toman mientras hablan de Benito Juárez, pero ese es otro capítulo que se llama el Primogénito o algo así)
Y es que aquel pueblo de muertos quizá no estaba en el oeste norteamericano. Quizá estaba más cerca. Quizá era Comala. Quizá era México entero. O quizá, para nuestra desgracia, todavía estamos a tiempo de convertirnos en ambos.
No somos otra cosa más que eso que nos reclama tanto. No somos, aunque a veces parezca que sí.




