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Home MI GUSTO ES
TODO MI ESFUERZO(o de la ruina a lo ruin)

La patria del balcón y la verdad de los mitos

Miguel Ángel Avilés by Miguel Ángel Avilés
19 septiembre, 2026
in MI GUSTO ES
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Mi gusto es… (o la otra mirada). Por: Lic. Miguel Ángel Avilés

Hay que reconocer que en México somos un pueblo de una imaginación patriótica formidable.

En Ameca, Jalisco, acabamos de conocerla en otro nivel: un niño caracterizado como Juan Escutia fue lanzado desde el balcón de la Presidencia Municipal, envuelto en la bandera mexicana, para representar aquel famoso episodio de la defensa de Chapultepec.

Me entero que esto no es la primera vez: Cada año, el Colegio Niños Héroes de Ameca, Jalisco, organiza esta escenificación como el cierre del desfile conmemorativo de las fiestas patrias de septiembre y lleva entre 45 y 50 años de manera consecutiva haciéndola.

Por supuesto: con niños diferentes no vayan a creer que siguen aventado al mismo de la primera ocasión. Aparte siempre tiene que ser un hecho que se haya desarrollado en lo alto, y de preferencia en un balcón o donde no se requiera mucho esfuerzo. Nada de querer enterrarle una bayoneta en la panza a alguien o esperar hasta la madrugada para despertar a medio mundo con los campanazos ni nada de catear algunas casas para detener a los conspiradores de Querétaro.

En el caso de Ameca supondré que, previamente, se ensaya una y otra vez tan nacionalista espectáculo y por sí sí o por si no, también se tiene un seguro de vida por si algo fallaba o no le atinan a cacharlo. Para nuestra tranquilidad abajo lo esperaba una red y, según los reportes, el muchacho salió ileso. Todo muy patriótico, muy emocionante y, sobre todo, muy seguro: esta vez sí sabíamos que había red. No vaya a ser que después de 179 años descubramos que también a Juan Escutia le faltó una.

Aquel momento que ahora se recrea se duda que existió, pero el de hace unos días, claro que sí, tanto que su mamita le sigue dando aun agua con azúcar. De todos modos, la escena tiene algo de enternecedora y algo de surrealista. Un niño del siglo XXI recreando el salto de un joven de 20 años que, según la versión que nos enseñaron durante generaciones, se envolvió en la bandera y se arrojó desde el Castillo de Chapultepec para impedir que cayera en manos del enemigo.

Eso conmueve. El problema es que la historia, esa señora poco patriótica que insiste en revisar los papeles, no siempre confirma las escenas que aprendimos en la primaria. En el caso particular de los Niños Héroes, estos si existieron, claro, nomás que no eran tan niños ni eran nomás seis pero quizá los dejaron en esa media docena previendo que más adelante obligarán a los alumnos a decir sus nombres de memoria y sería difícil aprenderse el de todos. Había adolescentes, sí, pero también jóvenes de 18, 19 y 20 años. La palabra “niños” resultó bastante más útil para la épica que para la precisión demográfica.

Pero eso no importa demasiado cuando se está construyendo una patria. La patria necesita héroes, como también villanos necesita el poder a fin de culparlos de los que este no consigue. Los héroes necesitan una buena escena y si no la consiguen pues hay que inventar las necesarias. Y la de Juan Escutia es magnífica, sin ser la única, pero es muy cómoda.Tiene balcón, invasores, bandera, sacrificio, juventud, tragedia y una caída espectacular. Jean-Claude Van Damme o Lola La Trailera habrían cobrado millones por algo semejante.

El Tato, mi sobrino, de niño se cayó desde el techo de una casa de dos pisos, quedó su frente como la del Perro Aguayo, se los conté en una columna de estas y ni siguiera una banderita le dieron.El pequeño inconveniente es que no existe certeza histórica de que haya realizado exactamente ese salto. Me refiero a la de Juan Escutia, porque en el caso del Tato, este si se dio irremediablemente en toda la matria.

Pero vaya usted a decirlo en una ceremonia cívica. Hablo de Juan Escutia no del Tato.Ahí empieza el problema. Porque una cosa es contar una leyenda como leyenda y otra muy distinta convertirla en acta notarial del pasado.

Solo que nos encanta la historia cuando viene con moraleja. La queremos con buenos y malos perfectamente acomodados, héroes de una pieza, malditos de cartón y una bandera convenientemente iluminada por juegos pirotécnicos o actualmente con algo como luces de neón que los hace parecer a un congal de mala reputación.

La realidad, en cambio, es bastante más incómoda. La realidad tiene contradicciones, documentos incompletos, intereses, errores, casualidades y personajes que no se comportaron como después necesitábamos que se hubieran comportado.

Por eso preferimos el mito. El mito no pregunta. El mito no necesita pruebas. El mito se aprende en coro gracias a los niños cantores del pueblo bueno y sabio.Y pobre de aquel que, en medio de la ceremonia, levante la mano para preguntar: “¿Y eso sí ocurrió? “Porque entonces corre el riesgo de convertirse, él mismo, en sospechoso.

Eso no pasa solamente con Juan Escutia. Ocurre cuando una sociedad empieza a confundir la verdad histórica con la versión emocional que le gusta de la historia.Y México tiene una particular afición por hacerlo. Nos gustan los héroes impecables de estampitas para cumplir con las tareas, las gestas sin zonas grises y la transcripción de biografías en cartulinas blancas sin manchas de café.

Nos gusta pensar que nuestros personajes históricos estuvieron siempre del lado correcto, que dijeron exactamente lo que después pusimos en los libros y que, de ser necesario, hasta pudieron haber posado para la fotografía.Y si algún historiador llega con un documento que arruina la escena, peor para el documento. Porque el documento no despierta aplausos y corre el riesgo de querer vender a una patria en un tianguis o en las Pulgas del gabacho.

El mito sí. El mito sirve para una ceremonia. El mito cabe en una estatua. El mito puede ponerse en un mural, en un libro de texto y hasta en un niño de primaria al que después soltamos de un balcón con una bandera, para que compruebe físicamente lo que la historia no pudo comprobar documentalmente.

Es una pedagogía bastante singular: si no podemos demostrar que sucedió, hagamos que vuelva a suceder. Y ahí es donde la cosa deja de ser graciosa. Porque lo mismo puede ocurrir en el presente.

Un hecho se cuenta de determinada manera. Se repite. Se repite otra vez. Se convierte en consigna. Después en certeza. Luego en identidad. Y finalmente en dogma imposible de contradecir por alguien ya que a éste si lo pueden aventar desde lo más alto del castillo de Chapultepec, pero sin red protector.

Ya ven lo que dicen del cadete Ruben Rocha: blasfemos. Como se les ocurre decir que este hombre, con orígenes universitarios- la prueba de fuego para saber si alguien es un joven revolucionario o luego que te arropa la maña, se vuelve una contradicción hasta biológica- es lo que dicen que es.

Ya no importa tanto si ocurrió como se cuenta. Importa que debe haber ocurrido así. Y cuando alguien pregunta, aparece la respuesta que mata cualquier discusión: “¿Cómo te atreves a cuestionarlo? “Ese es el momento peligroso. Porque cuestionar un hecho no equivale a traicionar una bandera.

Preguntar no es faltar al respeto. Revisar un mito no significa destruir una patria. Tan verdadero como decir que Don Miguel Hidalgo no hubiera librado un alcoholímetro o un antidoping.

Una nación adulta debería poder soportar que sus héroes sean investigados, que sus episodios gloriosos tengan matices y que algunas escenas que aprendimos de niños quizá sean menos cinematográficas de lo que nos contaron.Morelos se quitaba el pañuelo cuando no amenazaba la migraña y lo tendia al sol y doña Jose Ortiz , al salir de bañarse quiza traia el pelo suelto como la Trevi y que bueno.

Pero eso exige algo que no siempre nos sobra: tolerancia a la realidad. La realidad tiene el defecto de no solicitar permiso. El mito, en cambio, es obediente. Hace exactamente lo que le ordenamos y no cuestiona nadita: solo cree.Por eso quizá deberíamos agradecerle al niño de Ameca.No porque haya saltado. Sino porque, sin proponérselo, nos recordó algo bastante más importante: que seguimos enseñando una historia que muchas veces preferimos representar antes que discutir.

Y así, mientras abajo unos adultos sostienen una red para que el niño no se lastime, arriba, en algún lugar de nuestra memoria nacional, seguimos sosteniendo otra red mucho más antigua: la que evita que nuestros mitos se caigan.

Ahora bien, si el criterio para preservar tradiciones en Ameca o en cualquier otra parte de este México Soberano e independiente es la pura espectacularidad histórica sin reparar en riesgos, no deberíamos limitar el fervor patrio a los niños.

Bien podríamos inaugurar el “Simulacro de la Alhóndiga”: por ejemplo que un presidente municipal se amarre tres sacos de cemento a la espalda y avance a gatas unos metros hacia la entrada del ayuntamiento, mientras el pueblo noble lo agarra a tomatazos limpios emulando las crueles pedradas que el Pípila esquivó en Guanajuato.

Y ya entrados en gastos, la idea podría exportarse con éxito al plano nacional; imaginen obligar al senador Gerardo Fernández Noroña a recrear la gesta de la Independencia, pero encadenado al piso del Senado de la República en huelga de hambre perpetua, o recreando los sacrificios aztecas entregando pacíficamente su celular y sus redes sociales ante los conquistadores de la oposición.

Para cerrar con broche de oro, el cabildo entero podría escenificar el fusilamiento de Maximiliano en el Cerro de las Campanas, sustituyendo las balas por globos de agua congelada, o revivir el destierro de Porfirio Díaz obligando al tesorero a zarpar en una lancha inflable por el río Ameca rumbo a un “exilio” en la siguiente ranchería.

Al fin y al cabo, si la integridad física y la dignidad son secundarias ante el espectáculo, que las autoridades pongan el ejemplo: ¡preparen!…¡¡apunten!!…

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