POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Durante mucho tiempo se pensó que la riqueza de un país dependía de la extensión de su territorio, de la abundancia de sus recursos naturales o del tamaño de su economía.
El siglo XXI está demostrando una nueva realidad: el poder de las naciones dependerá, cada vez más, de su capacidad para generar conocimiento.
La realidad política de México exige comprender que la ciencia ha dejado de ser una actividad reservada a los laboratorios.
Hoy constituye un instrumento estratégico para fortalecer la economía, proteger la salud, garantizar la seguridad, impulsar la innovación y construir un desarrollo sostenible.
La soberanía científica significa que un país posee la capacidad de investigar, crear, innovar y resolver sus propios desafíos.
No implica aislarse del mundo, sino participar en él desde la fortaleza del conocimiento, aportando soluciones y colaborando en igualdad de condiciones con otras naciones.
Los jóvenes serán la piedra angular de esta transformación.
Cada estudiante que decide dedicarse a la ciencia, la ingeniería, las matemáticas, la medicina, la biotecnología o la inteligencia artificial fortalece el futuro de México. Invertir en ellos será la política pública más rentable para las próximas generaciones.
Pero la ciencia necesita una visión humanista. El conocimiento adquiere su mayor valor cuando mejora la vida de las personas, reduce las desigualdades y amplía las oportunidades de desarrollo.
La investigación debe responder a los grandes retos nacionales y convertirse en un puente entre la academia, el gobierno, las empresas y la sociedad. México tiene talento suficiente para convertirse en una potencia científica de América Latina.
Lo que necesita es una decisión colectiva para colocar el conocimiento en el centro del proyecto nacional.
La independencia del siglo XXI ya no se medirá únicamente por las fronteras que una nación defiende, sino por las ideas que es capaz de crear y compartir con el mundo. Pensamiento para la juventud: La mayor soberanía de un pueblo no nace de la fuerza de sus armas ni de la riqueza de su territorio; nace de la inteligencia de sus ciudadanos, de la libertad para investigar y de la voluntad de convertir el conocimiento en bienestar para toda la sociedad




