Mi gusto es… (o la otra mirada). Por: Lic. Miguel Ángel Avilés
Hay palabras que sobreviven a los imperios, a las constituciones, a las reformas políticas y
hasta al sentido común. Una de ellas es provincia.
En México seguimos utilizándola con una naturalidad que debería, cuando menos, hacernos levantar una ceja: “los de provincia”, “en provincia”, “las ciudades de provincia”, “un escritor de provincia”, “la vida en provincia”, “me gusta el Licenciado Avilés… pero es de provincia…”
No mamen o en conjugación ad hoc, pudiera ser ¡No maméis!
Lo dicen con una naturalidad como si el país estuviera dividido entre un lugar que cuenta o vale y todos los demás.
La cosa tiene su gracia. Porque uno busca “provincia” en la geografía política actual de México y no la encuentra. No existe el Estado Libre y Soberano de Provincia. No hay gobernador de provincia, Congreso de Provincia, Tribunal Superior de Justicia de Provincia, ni el bienestar de provincia, ni nacionalidad de provincia ni credencial del INE que diga: Miguel Ángel Avilés y Castro. Provinciano.
México es una federación. Tiene entidades federativas, municipios y una Ciudad de México. La provincia, jurídicamente, no existe. Pero lingüísticamente se niega a morir. Y no sólo sobrevive: de vez en cuando se sube a un púlpito imaginario y desde ahí nos explica el mundo. Ah, mira pues.
Porque cuando alguien dice “en provincia”, rara vez necesita aclarar de qué estado habla. Provincia puede ser Guadalajara, Hermosillo, Cuevano, Mérida, Comala, Monterrey, Oaxaca, Tijuana, La Paz, Los Altos de Abajo o prácticamente cualquier lugar que tenga la desgracia geográfica de no encontrarse en la Ciudad de México.
Es una palabra extraordinariamente democrática, pero en su imprecisión: mete en el mismo costal a una metrópoli de millones de habitantes, a una capital estatal, a una ciudad fronteriza y a un pueblo perdido entre cerros.
Todo es provincia. Un rancho “libre” y “Soberano” grandotote. Soberana estupidez, mas bien, diría mi amigo Alfredo.
Resulta que todo es provincia. Excepto, naturalmente, el centro.Y ése es el detalle. La voz parece geográfica, pero lleva escondida una jerarquía. No dice solamente dónde está alguien. Sugiere, aunque muchas veces quien la pronuncia no lo advierta, dónde está el centro y dónde está lo demás, que, desde luego, el uso del habla, la proyecta como algo menor, incivil, y casi en espera de ser alfabetizados.
“Los de provincia. “Ahí está la pequeña trampa. ¿Pequeña? Que va. Porque nadie suele decir “los de la capital” con el mismo sentido de excepcionalidad. La capital se da por sentada como referencia; los demás tenemos que ser identificados por nuestra distancia respecto de ella. Es una forma curiosa de mirar al país: se establece el centro, primero, y después se inventa la periferia.
Chilo, chido, órale, cámara, perrón, bacano.
Quizá por eso la frase sobrevivió incluso en la televisión más popular. Hasta Xavier López, Chabelo, decía aquello de “los cuates de provincia”. Y ahí está lo interesante: no era una expresión necesariamente maliciosa.
Chabelo no necesitaba estar insultando a nadie. Probablemente para millones de espectadores era una frase perfectamente inocente. Precisamente por eso resulta reveladora. Porque una expresión no necesita ser pronunciada con mala intención para cargar una vieja idea. La palabra ya había hecho su trabajo. Había capital. Y había “los demás”. La televisión solamente heredó la fórmula. Es más, recuerden que Jorge Alberto Aguilera, el Señor Aguilera, también lo decía y hasta cantadita: “Los cuates de proviiiincia”
Lo curioso es que todavía hoy, décadas después, seguimos escuchándola de boca de personas que ya no deberían necesitarla para orientarse en el mapa. Uno escucha: “En provincia las cosas son diferentes”. Y espera que, después de semejante revelación, alguien saque una lámpara de aceite o lo escuche mientras le da vuelta, con parsimonia, a un trapiche.
Porque a veces el tono parece venir de un futuro lejano. Como si quien habla descendiera de una cápsula espacial procedente del año 2087 para explicarnos cómo funciona la modernidad, en tanto que el destinatario escucha atentamente, y termina de inventar la rueda y mira una lavadora con la cautela con que otros contemplan un platillo volador.
“En provincia todavía…” / Todavía, ¿qué? / ¿Todavía viajamos en diligencia? / ¿Todavía mandamos telegramas? /¿Todavía compramos en tiendas de raya? / ¿Todavía esperamos que llegue el correo usando el pony exprés a la mexicana?
Quizá habría que informar a algunos exploradores del centro que en esas misteriosas tierras llamadas “provincia” también existen universidades, hospitales, industrias, aeropuertos, tecnología, científicos, escritores, artistas, abogados, periodistas y gente que incluso sabe utilizar un cajero automático sin pedirle autorización al párroco.
Es más: de esa supuesta provincia han salido personas que han construido, pensado, escrito, gobernado, investigado y transformado al país. Nomás que el lenguaje es terco. Y tiene memoria. La palabra tampoco nació precisamente de una concepción horizontal del territorio. Provincia tiene una historia antigua y está vinculada con las divisiones territoriales de poderes imperiales.
En la tradición romana, las provincias eran territorios sometidos a la autoridad de Roma. La propia Academia Mexicana de la Lengua ha señalado ese origen y también el sentido peyorativo que puede adquirir lo llamado provinciano. Esto lo leí en provincia, no crea que me lo dictaron desde el centro.
Después la historia cambió. Cambió el país. Cambió el régimen político. Cambió la organización territorial. Cambió hasta la manera de viajar. Pero la palabra decidió quedarse a vivir. Y con ella quedó una costumbre mental a la cual hay que ponerle un alto. Porque quizá el verdadero problema no sea decir “provincia”.
Las palabras, por sí solas, rara vez delinquen. El problema aparece cuando una palabra termina revelando una forma de mirar a los demás. ¡A la bestia! ni parezco de Provincia. Y aquí aparece una ironía todavía mayor. Porque quienes continúan utilizándola no son únicamente quienes nunca se han puesto a pensar en el asunto. También la utilizan funcionarios, autoridades y gobernantes, aunque eso no debería sorprendernos. La ignorancia, en algunos, parece un requisito a la hora de un registro. Claro, hablo de España, otra provincia.
Algunos de ellos, además, presumen cotidianamente de conocer la historia. Nos hablan de la memoria histórica, de nuestros antepasados, de la patria, de las raíces, de la identidad, de los agravios del pasado y de la necesidad de recuperar nuestra conciencia nacional. Y uno los escucha decir, con toda naturalidad: “En provincia…”
Entonces uno no sabe si están hablando desde el siglo XXI o si dejaron abierta una ventana del siglo XIX. Porque si de verdad conocemos la historia, deberíamos saber que las palabras también gozan de historia y que no es lo mismo nombrar que clasificar ni describir que establecer jerarquías. Para que me entiendan esto último: America, Chivas y Cruz Azul. No solo los nombro ni pongo al inicio como número uno al América nomas porque sí. Estoy estableciendo jerarquías.
Pero resulta particularmente curioso que quienes suelen presumirnos de conocer el pasado sigan utilizando una palabra que coloca a la capital en el centro del mapa y al resto del país en una especie de periferia permanente. Como si la República terminara donde acaba el Periférico.
Hay gobernantes que conocen tan bien la historia que hasta hablan como sus antepasados. Y eso sí es una manera peculiar de estudiarla: recordarlo todo, menos aquello que todavía se nos nota. Porque la palabra también delata. Un capitalino puede decir: “Me voy a provincia”. Y uno imagina que está por abandonar temporalmente la civilización.
Primero las diligencias. Después las tiendas de raya. Luego algún jefe político con sombrero de ala ancha. Y finalmente, si las condiciones tecnológicas lo permiten, quizá podremos explicarle que ya no usamos el telégrafo y que existe algo llamado avión. Y con un poco de suerte, cuando termine la expedición podremos sustituir las diligencias jaladas por caballos por Mexicana de Aviación o Aeroméxico. Mientras tanto, que envidia. Eso sí: habrá que avisarle con tiempo. No vaya a ser que el ruido del jet le resulte demasiado moderno y nos regañen. Claro, a los de provincia.
El remedio, por supuesto, no consiste en invertir ahora la soberbia y decir que quienes vivimos fuera de la capital somos mejores. Eso sería simplemente cambiar de asiento en el mismo tren. Hagan de cuenta que por mas de setenta años está una mesa directiva haciendo y desasiendo en una asociación, de pronto brinca alguien que quiere ocupar esas plazas y además presidirla, se lo niegan, batalla para lograrlo, lo consigue, ejerce y termina por ser igual o peor que los derrotados.
Se trata de algo más sencillo: dejar de aceptar una jerarquía que nunca estuvo escrita en nuestra actual organización política, pero que algunas costumbres lingüísticas se empeñan en conservar. Porque México no tiene ciudadanos de primera y ciudadanos de provincia. Tiene mexicanos y mexicanas, ciudades, pueblos, regiones, estados, una enorme diversidad territorial, cultural y económica y, se me olvidaba, tiene una capital. Nada más. Pero la capital no es la República. Y la República tampoco empieza donde termina la capital.
Quizá ha llegado el momento de mandar la palabra provincia al museo de las expresiones que alguna vez tuvieron un sentido administrativo y después sobrevivieron como costumbre. Que la pongan junto a otras piezas arqueológicas, con una ficha explicativa: PROVINCIA. Término utilizado para designar, desde una perspectiva centralista, aquello que se encontraba fuera de la capital.
Y debajo, otra ficha, más pequeña: PROVINCIANO. -Individuo que, según el lugar desde donde se mire, puede ser cualquiera. Incluido el que está mirando o está leyendo esto.




