POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Una nación no puede construir su futuro sin preguntarse qué está haciendo hoy para preparar a quienes mañana tendrán en sus manos las decisiones más importantes. La juventud no debe ser vista únicamente como una etapa de la vida, sino como una fuerza estratégica capaz de transformar la historia de México.
La realidad política de México exige dejar atrás la visión de los jóvenes como simples destinatarios de programas públicos.
Debemos reconocerlos como protagonistas del desarrollo nacional, capaces de participar en la construcción de políticas, instituciones y soluciones para los grandes desafíos del país. Los jóvenes de hoy crecerán en un mundo donde la inteligencia artificial, la robótica, la biotecnología, la energía limpia y la economía del conocimiento modificarán profundamente el trabajo y la vida social.
Prepararlos significa mucho más que otorgarles oportunidades educativas; significa enseñarles a pensar, innovar, colaborar y asumir responsabilidades. Pero existe una condición indispensable: la formación tecnológica debe caminar junto con la formación ética.
Un joven puede dominar un algoritmo, pero también debe comprender las consecuencias humanas de utilizarlo.
Puede conocer el poder de los datos, pero debe saber respetar la privacidad y la dignidad de las personas.
El servicio público del futuro tendrá que abrir espacios reales para esta generación. No como una concesión política, sino porque México necesita incorporar nuevas ideas, nuevas capacidades y nuevas formas de resolver problemas.
La juventud debe llegar a la política con una mentalidad diferente: no para repetir los sistemas ancestrales, sino para mejorarlos; no para administrar inercias, sino para diseñar soluciones; no para buscar únicamente poder, sino para demostrar que el poder puede convertirse en servicio



