Mtro. Jesús Antonio García Ramírez. Politólogo
1. Consideraciones previas
Para entender a México hay que partir de dos conceptos que la ciencia política convencional suele eludir: el poder y la dominación.
Pablo González Casanova nos enseñó en La democracia en México (1965) que el sistema político mexicano no es un pluralismo imperfecto, es un sistema de colonialismo interno y de control corporativo. El partido hegemónico no fue un accidente histórico, fue el instrumento del Estado para administrar al pueblo, no para representarlo. El PRI no integró a las masas, las contuvo.
Giovanni Sartori, en Partidos y sistemas de partidos (1976), corrige a Duverger. No basta con decir si un partido es de cuadros o de masas, hay que ver cómo es el sistema de partidos. Sartori definió a México como el modelo perfecto de pluralismo hegemónico: muchos partidos existen, pero uno impide por todos los medios que otro pueda gobernar. Ese fue México de 1946 a 1988, con fraude, cooptación y represión selectiva.
Maurice Duverger ayuda a entender el origen. El PRI nació como partido del Estado, no del Parlamento ni de la calle. Es un partido creado desde arriba para evitar que la revolución se hiciera desde abajo. Por eso es un partido de encuadramiento territorial.
Robert Michels y su ley de hierro de la oligarquía explica la permanencia. González Casanova lo planteó con mayor claridad: la democracia interna es ficción cuando el partido es una agencia de colocaciones. La camarilla decide. El PRI lo hizo con el dedazo, el PAN con los padroneros, el PRD con las tribus y hoy MORENA con las encuestas sin auditoría pública.
Umberto Cerroni y Gianfranco Pasquino nos recuerdan la función esencial: el partido debería ser el intelectual colectivo que forma conciencia. Cuando deja de formar y solo reparte cargos, muere como partido y queda como aparato.
2. A manera de reflexión
El México de 2018 a la fecha no puede leerse como una transición democrática más en el sentido liberal. Es una ruptura con el sistema de pluralismo hegemónico que describió Sartori, pero no para volver al pluralismo moderado.
MORENA no es un partido en el sentido sartoriano. Es un movimiento-partido, un instrumento de las clases subalternas para romper el pacto de las élites. Su lógica no es la del partido de cartel que vive del presupuesto, su lógica inicial fue la de un movimiento social que asalta al sistema de partidos. Por eso resulta incómodo para las categorías convencionales.
Daniel Moreno, con datos duros del electorado mexicano, muestra lo que González Casanova anticipó hace sesenta años: el pueblo mexicano no es apático, es desconfiado con razón. Votó en 2018 no por marketing, votó por agravio acumulado. Por Ayotzinapa, por los despojos, por la privatización, por la burla del no pasa nada.
Los movimientos sociales son la clave que Sartori no alcanzó a ver y que González Casanova sí vio. Para Sartori los movimientos son pre-políticos. Para González Casanova son la verdadera política.
En México hoy los movimientos rebasan a los partidos por la izquierda y por abajo: las madres buscadoras que hacen el trabajo que el Estado no hace, el feminismo que pone en jaque al patriarcado del Estado y de los partidos, el magisterio democrático, los colectivos del agua, los pueblos que defienden el territorio contra el despojo. Ninguno de ellos nació para ser partido, nacieron para sobrevivir.
Davis Dartori nos ayuda en este punto: los clivajes en México no son izquierda-derecha al estilo europeo. Son pueblo contra élite, territorio contra despojo, memoria contra olvido. Los partidos tradicionales siguen jugando en el eje izquierda-derecha institucional, mientras los movimientos juegan en el eje de la existencia.
Por eso la crisis de PAN y PRI no es electoral, es histórica. Se quedaron sin pueblo porque se volvieron administradores del modelo anterior. Se volvieron, en palabras de Pasquino, partidos sin sociedad.
3. Consideraciones finales
Aplicado al México de hoy, se pueden sostener cinco conclusiones con rigor:
- Fin del modelo sartoriano de pluralismo hegemónico, pero no consolidación de pluralismo democrático. Lo que hay es un sistema de partido predominante con legitimidad popular, sostenido por base social, no por fraude. Es distinto al PRI clásico. Sartori no tiene categoría para esto, González Casanova sí: democracia de los de abajo irrumpiendo en las instituciones.
- 2. Comprobación de Michels y de González Casanova. Todos los partidos mexicanos tienden a la camarilla. El riesgo mayor para MORENA es micheliarse, convertirse en lo que combatió, un aparato de colocaciones donde la cúpula sustituye al movimiento. El antídoto no está en los estatutos, está en la presión de los movimientos.
- 3. Inversión de Cerroni. Ya no son los partidos los que organizan a los movimientos, son los movimientos los que obligan a los partidos a moverse. La agenda nacional no la ponen las dirigencias partidistas, la ponen las buscadoras, las feministas y los pueblos.
- 4. Aporte de Daniel Moreno: el votante ya no cree en partidos, cree en proyectos. El electorado mexicano ya no es priista, panista ni morenista en sentido identitario. Es un electorado de agravio y esperanza. Si el proyecto traiciona, se va. Esa volatilidad es sana.
- 5. El futuro de la democracia mexicana no depende de tener mejores partidos según el manual liberal. Depende de lo que González Casanova llamó la democracia real: si los partidos se dejan controlar por el pueblo organizado o si el pueblo organizado tendrá que crear nuevas formas más allá de los partidos.
México está hoy en una disputa entre dos proyectos de representación: uno que quiere regresar a los partidos de cartel sin pueblo, y otro que quiere que los partidos sean instrumentos del pueblo organizado. Esa es la lucha central y no se resuelve con ingeniería electoral, se resuelve con organización desde abajo. Como decía González Casanova, la democracia en México solo será democracia si es democracia de los humillados y ofendidos.




