Mi gusto es… (o la otra mirada). Por: Lic. Miguel Ángel Avilés
Hay ceremonias en las que uno debe guardar silencio, poner cara de circunstancia y dejar que las palabras hagan su trabajo, aunque no siempre sepamos cuál sea este.
Una boda, por ejemplo.
Novia y novio, en este caso, frente al oficial del registro civil, los familiares conmovidos, las miradas cómplices y esa atmósfera en la que hasta el pariente más escéptico parece dispuesto a creer en el amor eterno, ese que, según contarán sus mas allegados buena onda años despues, él no tenia.
Pero mientras tanto, aparece la epístola de Melchor Ocampo.
Y uno, que había acudido a celebrar el amor ajeno, termina preguntándose por la vida sentimental del señor que, desde hace más de siglo y medio, les explica a los recién casados cómo deben conducirse en el matrimonio.
Conste: dije señor, pero la boda de aquel sábado que me tocó, era dirigida por un oficial del registro civil, un jovencito veinteañero o treinteañero que hablaba con la solemnidad de su abuelo, y la ternura que aún conservaba de su infancia.
Pero volviendo a don Melchor, resulta que nunca se casó. Peor aún, le sacó al parche y al grito de “ ¡pélate, Tintán! “ la enamorada no lo volvió a ver.
Como ven, la ironía no necesita demasiados adornos. El hombre que dejó uno de los textos más reconocibles de las bodas mexicanas no llegó al altar, aunque su vida privada tampoco fue un tratado de celibato ni nada que se parezca.
Ahí les va el chisme y ustedes saquen cuentas: Mantuvo una relación con Ana María Escobar, con quien tuvo hijas. Según una conocida versión biográfica, cuando ella esperaba una criatura, Ocampo emprendió un viaje a Europa en circunstancias relacionadas con el temor al escándalo.
No es posible asegurar que se marchara específicamente para eludir un matrimonio; sería convertir una interpretación histórica en sentencia. Pero tampoco hace falta inventarle una fuga nupcial para advertir la paradoja.
La realidad o la calumnia ya ponen lo suyo.
La epístola no es una leyenda atribuida caprichosamente a un personaje célebre. Ocampo reconoció por escrito la autoría del artículo 15 de la Ley del Matrimonio Civil de 1859, donde se incorporó aquella exhortación moral dirigida a los contrayentes.
El documento nació en una época que pretendía separar el matrimonio civil de la autoridad religiosa, pero que seguía entendiendo la familia mediante jerarquías muy precisas.
Al hombre le correspondía proteger, alimentar y dirigir; a la mujer, obedecer, asistir y consolar. Una especie de sociedad conyugal donde uno llevaba el timón y la otra debía procurar que no se mareara el capitán.
No todo era desatino: también se hablaba de respeto, fidelidad, ternura y deberes recíprocos.
Pero entre las buenas intenciones se colaban las ideas de una sociedad en la que la igualdad tenía todavía más de promesa que de realidad.
El marido recibía autoridad; la esposa, instrucciones para administrarla sin irritarlo demasiado. El machismo, como puede verse, también sabía redactar con solemnidad.
Lo curioso es que la exhortación dejó de ser obligatoria desde 1870, cuando el nuevo Código Civil la excluyó de las formalidades matrimoniales.
Sin embargo, la costumbre hizo lo que tantas veces hace en México: sobrevivir a la ley, a la lógica y, si es necesario, hasta al sentido común. La epístola siguió leyéndose en ceremonias civiles, como si un texto pudiera adquirir vigencia jurídica por la cantidad de veces que alguien lo pronuncia con voz engolada.
Y ahí continúa, en algunas bodas, como invitada que nadie recuerda haber llamado, pero a la que todos ceden el micrófono.
A su estilo cada uno pero en esencia casi todos dicen lo mismo.
Claro: tampoco se trata de que se pongan a intrigar y le sugieran a los contrayentes que a la primera oportunidad se peleen- la toalla en el piso, la tv encendida toda la noche, las cáscaras de huevo encima de la estufa- pero sí merece que le den frescura al acto se vayan calentando los motores para el bailongo.
Sugiere que se exija darle una caguama bien helada al oficial que acuda a casarlos y hasta no ver el fondo, los case. Ya verán cómo cambian las cosas.
Es que no se trata de exigir que cada ceremonia se convierta en un seminario de historia ni que los novios escuchen una conferencia sobre el liberalismo decimonónico. Bastante tienen con los nervios, las fotografías y la tía que pregunta cuándo vienen los hijos.
Pero, si hoy hablamos de igualdad entre hombres y mujeres, de perspectiva de género, de corresponsabilidad doméstica y de relaciones libres de subordinación, ¿no resulta cuando menos curioso conservar como pieza ceremonial un texto que distribuye los papeles matrimoniales conforme a una jerarquía que ya no reconocemos como válida?
¿Verdad que a estas alturas ya es una incongruencia? De por sí ya sobran las incongruencias. Me canso, ganso que sí sobran.
Hemos avanzado en leyes, derechos y lenguaje; sin embargo, algunas tradiciones parecen tener fuero constitucional imaginario.
Las repetimos sin preguntarnos si todavía dicen algo que merezca ser repetido. A veces basta una toga, un sello y un tono solemne para que una idea envejecida pase por sabiduría.
Por eso no comulgo con la solemnidad.
Por supuesto, sería injusto juzgar a Ocampo como si hubiese escrito en 2026. Fue un hombre de su tiempo, con méritos políticos indiscutibles y contradicciones personales que no desaparecen por poner su nombre en una avenida.
La historia no exige que sus protagonistas sean santos; apenas pide que no confundamos sus aportaciones con una absolución general.
El problema mayor, en todo caso, ya no es don Melchor. Somos nosotros.
Porque la incongruencia no se limita a un hombre soltero que aconseja a los casados. También aparece en la política, donde se habla de justicia desde la impunidad; en los discursos de austeridad pronunciados desde la abundancia; en las proclamas de honestidad de quienes consideran que la congruencia es una virtud optativa.
Me cae que tenemos una habilidad admirable para envolver las contradicciones en papel de regalo y presentarlas como principios. Y si el envoltorio es suficientemente solemne, hasta pedimos que se conserve para la siguiente generación.
La epístola es apenas un ejemplo de ese hábito: venerar el discurso antes de examinar su contenido.
No porque todo lo antiguo sea inútil ni porque cada tradición deba ser arrojada al museo de las equivocaciones, sino porque ninguna idea merece inmunidad por llevar muchos años pronunciándose.
La antigüedad explica; no necesariamente justifica.
A los novios, por lo demás, no les hace falta que Ocampo les enseñe a quererse. Necesitan respeto, complicidad, paciencia y la libertad de construir su propia relación, sin que uno tenga que dirigir y la otra aprender a obedecer. Ninguna epístola garantiza eso, como tampoco ningún sermón garantiza que quien lo pronuncia viva conforme a él.
Noombre, si les contara .Pero sería muy incongruente si lo hago.
Tal vez esa sea la lección que no viene escrita en el documento: la solemnidad puede acompañar una verdad, pero también sirve para disimular una incongruencia.
La solemnidad es la aparente seriedad de los pendejos, decía Leduc. Y yo diría que también de los mentirosos y los vividores. Recordé a una familia Zacatecana.
Y una tradición puede ser entrañable sin convertirse en mandato, del mismo modo que un personaje histórico puede merecer reconocimiento sin que debamos concederle la última palabra sobre cómo vivir.
Al final, mientras los novios se besan, los invitados aplauden y alguien pregunta dónde dejaron el pastel, don Melchor continúa casando mexicanos desde el más allá.
Sin haber pasado él mismo por el Registro Civil.
Pero hay ironías que ni siquiera necesitan acta de matrimonio.



