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Home Antonio Garcia
La Anatomía del Régimen Aristóteles y la Estabilidad de la 4T.

INE el costo político de una autonomía inexorable que cambia de presidentes, pero no cambia de modelo

Antonio Garcia by Antonio Garcia
29 octubre, 2026
in Antonio Garcia
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Mtro. Jesús Antonio García Ramírez . Politólogo

1. Consideraciones previas

El debate sobre el Instituto Nacional Electoral no puede seguir en la superficie. No se trata de defenderlo o atacarlo. Se trata de entender de dónde viene y por qué nos cuesta tanto.

Durante más de treinta años se construyó un modelo electoral bajo la lógica del neoliberalismo. No solo en lo económico, sino en lo político. Se apostó por una democracia de la desconfianza. Cada duda se volvió un procedimiento, cada procedimiento se volvió una oficina, cada oficina se volvió un presupuesto.

Así se formaron costumbres ya muy viciadas: hacer de la elección un trámite interminable, convertir el litigio en estrategia, pensar que entre más caro y más complejo es el proceso, más democrático es. Se fue legitimando una idea que hoy nos cuesta mucho: que la democracia es asunto de especialistas y no asunto del pueblo.

Ese costo no es solo financiero, es costo político. Es el costo de sostener una estructura que concentra toda la legitimidad en un solo lugar y que, al concentrarla, se vuelve inevitablemente blanco de toda especulación. Cuando toda la confianza del sistema recae sobre el INE, cualquier falla se vuelve escándalo nacional y cualquier escándalo se vuelve leña para todos.

Esa es la democracia neoliberal en su forma más acabada. La más nefasta, porque nos hizo creer que la democracia es un asunto técnico y no un derecho cotidiano. Y ese modelo es el que más se beneficia hoy del pleito sobre el INE, porque mientras todos nos peleamos por el árbitro, nadie está discutiendo las reglas del juego. Mientras hacemos especulación y hacemos leña de quienes aparecen como culpables de un momento, dejamos intacto lo que produce esos culpables.

2. A manera de reflexión

Aquí es donde está el fondo que no se ha querido ver.

La corrupción que hoy se señala en torno al INE no es la del funcionario que se lleva algo. Esa es la más pequeña. La corrupción de fondo es inherencia al modelo estructural electoral mismo. Está ahí porque el modelo la produce, la necesita, la reproduce.

Se construyó para el INE una autonomía inexorable. Al principio se pensó como independencia técnica para arbitrar sin presiones del gobierno, y eso era correcto. Pero esa autonomía se desbordó. Se volvió extraterritorial. Se volvió un poder que no rinde cuentas hacia abajo, hacia el pueblo que le da origen, sino que solo negocia hacia arriba, con los partidos, con los medios, con los poderes fácticos. Una autonomía que se explica a sí misma, se defiende a sí misma, se presupuesta a sí misma y se absuelve a sí misma.

Cuando el INE llega a ese punto, deja de ser árbitro y se vuelve actor. Y cuando se vuelve actor, necesita justificarse todo el tiempo.

Y la forma en que se ha justificado es resolviendo de manera fenoménica la esencia del problema. Es decir, no va al fondo, se queda en la superficie, en el fenómeno. ¿Cuál es el fenómeno? El presidente del Instituto. Entonces, cada vez que hay crisis, la solución mágica es cambiar de presidente.

Se cambia al presidente bajo el valor de un llano moralismo abstracto. Se nos dice: ahora sí llegó la persona buena, honesta, impoluta, con el currículum limpio, el que no tiene militancia, el que es apartidista, el que viene de la academia, de la sociedad civil. Se apela a la virtud personal para no tocar la estructura colectiva.

Ese moralismo abstracto es muy cómodo para todos. Para el que se va, porque se va como mártir. Para el que llega, porque llega como salvador. Y para el modelo, porque se preserva intacto. Cambiamos de rostro y creemos que cambiamos de sistema.

Pero no. Porque la estructura que produce el vicio sigue ahí: la duplicidad de funciones entre lo nacional y lo local que nos cuesta doble, la industria de la credencialización permanente, la simulación de la capacitación electoral que nadie evalúa, el monitoreo de medios convertido en un negocio millonario que no orienta a nadie, el ejército de asesores, de despachos, de encuestadoras y de abogados que viven de que la elección sea cada vez más litigable.

Esa es la corrupción inherente al modelo neoliberal. No necesita robarse una urna. Le basta con hacer que la democracia sea tan cara y tan complicada que solo una élite pueda administrarla. Esa es la forma más fina de privatizar un derecho público.

3. Consideraciones finales

Por eso todos los artículos publicados hasta ahora sobre el tema han sido mitómanos y de linchamiento. Porque el linchamiento es el combustible del modelo. Nos enseñan a odiar a una persona para no entender a una estructura.

Se hace leña del caído para no revisar el bosque. Se señala al culpable aparente para proteger al culpable estructural. Y al final, el espectáculo mediático y fenoménico deja todo igual: cambia el presidente, pero no cambia el precio de la democracia.

No se trata de destruir al INE. Se trata de hacer que transite.

Transitar de esa autonomía inexorable que se volvió fuero y privilegio, a una autonomía social, austera, que rinda cuentas y esté bajo control del pueblo y no por encima de él.

Transitar de esa manía de resolver todo cambiando de presidentes bajo un moralismo abstracto, a resolverlo cambiando normas, estructuras, costos y procedimientos. Entender que la democracia no se salva con hombres providenciales, se salva con reglas sencillas, baratas, comprensibles y vigilables por todos.

El INE no necesita otro presidente puro. Necesita otra arquitectura que ya no corresponda al neoliberalismo. Necesita dejar de ser un negocio de la desconfianza para volver a ser lo que nunca debió dejar de ser: un instrumento sencillo del pueblo para ejercer su soberanía.

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