Sin Medias Tintas. Omar Alí López Herrera.
Hay frases que merecen un escudo de armas, y “¡París a tus pies, chamaquito!” ya tiene hasta su capítulo de renuncias. Se dijo en una suite parisina, que Latinus calcula en 200 mil pesos la noche, y el chamaquito era Jorge Francisco Piñeda Taddei.
Esa fue la puntilla para Guadalupe Taddei, que hasta ese día había logrado capearse el escándalo. La despedida fue de antología, porque Taddei explicó que se iba para “proteger al Instituto” y llamó “trascendidos, montajes y filtraciones” a lo publicado. Uno quisiera saber de qué lo protege.
Porque el caso Taddei no es solo una suite, sino un clan. Una familia numerosa y de probada vocación de servicio público, entendido como el servicio que el erario le presta a la familia. Hijos, primos, sobrinos y demás parentela supieron encontrar acomodo en el presupuesto con una puntualidad que ya quisiera Hacienda. Es un talento genealógico, porque donde otros ven un árbol, ellos ven una nómina.
Luego vino el deslinde, que en este país ya sabemos es deporte de equipo. El oficialismo calificó la renuncia como “una buena decisión” y pidió auditar al INE. Quiso deslindarse al decir que Gudalupe Taddei no es de las suyas y que los vicios vienen de tiempo atrás; pero recordemos que llegó al cargo por insaculación, en una tómbola de puros afines en la Cámara de Diputados. Esa suerte que tiene muchos padres cuando se gana y ninguno cuando se pierde.
Conviene, sin embargo, recordar cuánto costó llegar hasta aquí. México tardó décadas en construir un árbitro electoral creíble. Cada credencial con fotografía, cada casilla atendida por vecinos sorteados, cada acta contada frente a representantes de todos los partidos fue una conquista pagada con movilizaciones, reformas negociadas hasta la madrugada y la memoria de elecciones como la de 1988 y su célebre sistema caído. Nadie nos regaló esa confianza, sino que la fuimos comprando a plazos, con paciencia y con impuestos.
Destruirla, en cambio, resultó baratísimo. Primero fue la retórica, y las mañaneras donde el INE era caro, burocrático y sospechoso. Luego vino la propuesta de sustituirlo por un Instituto Nacional de Elecciones y Consultas. Al fracasar la reforma constitucional, apareció el Plan B, aprobado en sesión nocturna, con el recorte de presupuesto, despido de personal de carrera y adiós a estructuras locales. La Corte lo suspendió, y decenas de miles salimos a marchar con aquello de “el INE no se toca”. Pero pues, ya sabe usted, lo que no se logra con mayoría simple se consigue con la calificada. Tras las elecciones de 2024 llegó la poda de los órganos autónomos, y lo que costó tres décadas levantar se desmontó con unas cuantas mañaneras y una mayoría legislativa… Lo peor es que nos dejamos.
Y todo ocurrió bajo una consigna que merece, ya que andamos en eso, su propio escudo: “No somos iguales”. AMLO la usó para trazar una frontera moral entre su movimiento y los gobiernos neoliberales, a los que acusaba de corruptos. Se la lanzó incluso a los consejeros del INE que lo citaron en 2019 por el manejo de programas sociales: “Que no me confundan, no somos iguales”. No era una frase, sino una promesa de superioridad moral. Los otros robaban; nosotros no. Pues con esa vara habrá que medirlos.
La vara, por cierto, no los trata bien, porque tenemos a Segalmex, el hotel de lujo en Tokio, el huachicol fiscal, la casa de 12 millones de pesos en Tepoztlán, otras casas pagadas a cero pesos, La Barredora, y muchos casos más. El índice de Transparencia Internacional nos colocó en el lugar 26, la peor nota que México ha recibido, y en 2025 apenas subió a 27, el último lugar de la OCDE. Una percepción no es una sentencia, claro; pero en la escala de quienes juraron no parecerse, quedaron un poco por debajo del que prometieron no parecerse. No resultaron iguales, con la ventaja de un mejor eslogan.
Y falta la ironía, porque quienes durante años repitieron que el INE era nido de privilegios acabaron viendo cómo, en su sexenio, el instituto se llenaba precisamente de corrupción. El oficialismo no tuvo que probar que el INE era corrupto, sólo le bastó administrarlo.




