Mi gusto es… (O la otra mirada), Por: Lic. Miguel Ángel Avilés
Hay países donde la pobreza no se erradica porque resulta demasiado útil.
En otros, la combaten poco a poco mientras deciden hacían donde llevar a los pobres, ya que su antónimo, los ricos, en la mayoría de los casos, han sido satanizados y ni modo de llevarlos para allá.
Pero entonces ¿que se pretende con ellos? ¿Qué rumbo habrán de tomar ese alto porcentaje de la población cuando por fin crucen el umbral y dejen atrás tantos años de miseria ¿ ¿ se inventará una categoría despuesito de la clase media, para que no lleguen bruscamente a la opulencia?
Según yo esto es un gran dilema, una encrucijada que le ha de espantar el sueño a cualquier de esos o esas que ahorita que usted lee la presente columna, andan en su colonia o en su distrito o en su condado echando el alma para acabar con la desigualdad Según yo, pero a lo mejor en el fondo ni tan siquiera es un problema: más bien es una táctica narrativa, casi un recurso natural renovable, de vital importancia para alargar su carrera en la tribuna pública.
También arriba dije que esto solo pasa en algunos país con tal no decir en todo el mundo ya que no puedo asegurar estos último ni tampoco estoy seguro que ocurra en naciones altamente desarrolladas ni puedo imaginarme que un candidato de aquellos laredos ande pidiendo el apoyo a cambio de un tortibono o una despensa con o sin un kilo de tomates incluidos.
Mas bien a los pobres se les invoca en campaña como quien prende una veladora. Se le menciona con respeto solemne, con voz entrecortada, con mirada al horizonte y con cálculo electoral milimétrico. El pobre (o la pobre) no es ciudadano: es argumento. Es cifra útil. Es escenografía, es materia prima para lo que se cocina a futuro; es inversión, no gasto. Porque, en el fondo, lo importante no es que deje de haber pobres, sino que sigan existiendo. Pero agradecidos.
De no ser así, luego de una revolución social y tantas décadas posrevolucionarias en donde en el anzuelo del discurso llevaba puesta como carnada la desaparición de la pobreza, como que ya era hora para dejar de tratar la pobreza como tema central y empezar a ver las cosas, aunque sea por morbo, como país desarrollado.
Imaginemos, por un momento, que México despierta convertido en una versión tropical de Mónaco: sin pobres, con un PIB per cápita que hace sonrojar hasta a Luxemburgo, y con políticos obligados a reinventar su vocación dramática. Las campañas ya no podrían arrancar esa máxima porque ya no habría pobres. Así que el candidato, con gesto solemne, anunciaría: “Primero los contribuyentes de alto rendimiento emocional… porque alguien tiene que sostener este país de millonarios resentidos”. Y en vez de prometer becas, ofrecería cursos de humildad para quienes ya lo tienen todo: “ningún ciudadano sin su cuota mínima de carencias simbólicas”.
Porque ese es el dilema: queremos erradicar la pobreza, pero sin que nadie cruce la línea sospechosa de la prosperidad visible. Es decir, aspiramos a un país sin pobres… pero también sin ricos incómodos. Entonces surge la pregunta incómoda: si el pobre deja de ser pobre y el rico no debe ser rico, ¿en qué casillero moral aterriza el ciudadano promedio? Quizá en uno nuevo: “económicamente suficiente pero éticamente culpable”.
Ahora bien, no vayamos sin trasladar esa lógica a una campaña en Mónaco, con su PIB per cápita obscenamente alto. El candidato mexicano, fiel a sus raíces discursivas, subiría al templete frente a yates y diría: “¡Basta de desigualdad! No puede ser que haya ciudadanos con tres Ferraris mientras otros apenas completan dos. ¡Vamos por la justicia social automotriz!”. Y la multitud, visiblemente agraviada, aplaudiría entre champañas. El plan de gobierno incluiría “redistribución de yates subutilizados” y “tarifas progresivas para quienes solo tienen un penthouse”.
Y si algún asesor sugiriera, con imprudencia, hablar bien de los ricos “bien habidos” como ejemplo de disciplina, innovación o riesgo, habría que hacerlo con el debido cuidado sanitario: no vaya a ser contagioso. Se propondría entonces un nuevo programa: “Rico, pero responsable”, donde el millonario tendría que demostrar que su fortuna no genera envidia estructural. Porque en esta lógica, el problema no es la pobreza firme, sino la riqueza visible. Y así, entre aplausos y contradicciones, seguiríamos prometiendo un país donde nadie sea pobre… siempre y cuando tampoco se note demasiado que alguien dejó de serlo.
Reconozco que el lema “Por el bien de la banda, primero los más amolados” es contundente e irrebatible pero lo curioso es que nunca se especifica si es primero para ayudarlos a salir de la precariedad o primero en la fila de la dependencia.
Porque una cosa es combatir la pobreza y otra muy distinta es administrarla con eficiencia presupuestal.Y ahí surge lo irónico: se promete sacar a millones de la miseria, pero se demoniza justo el destino natural de ese ascenso. Porque si un pobre deja de ser pobre… ¿en qué se convierte? Exacto: en eso mismo que el discurso repudia.
Eso creo, salvo que aquí también la burocracia impere y los pobres no dejen de ser pobres escalando de forma automática a ser clase media y luego convertirse, gracias a su esfuerzo, en empresario o capitalista y tengan que escalar primero como pobre A y después pobre B, pobre C, pobre estándar, pobre básico, pobre bronce, pobre plata, pobre oro, pobre diamante, pobre zafiro, pobre esmeralda, pobre rubí, pobre elite, pobre plus, pobre premium, pobre master, pobre VIP, pobre ultra, pobre legendario, pobre supremo, pobre infinito, pobre platino o pobre premier.
Viéndolo así, luego el aspirante a clase media seria, en potencia, un traidor ideológico.Porque en esta lógica tropical, progresar es sospechoso. Emprender es egoísta. Ahorrar es casi una falta moral. Y generar riqueza… bueno, eso ya roza lo delictivo, salvo que se haga desde el poder, claro.
Así, el mensaje implícito es brutalmente honesto: “Té quiero menos pobre… pero no tanto como para que te confundas de bando. “El pobre ideal es aquel que mejora, sí, pero sin dejar de necesitar. Que avanza, pero no despega. Que agradece, pero no cuestiona. Que recibe, pero no acumula. Una especie de ciudadano en rehabilitación permanente, donde la cura total sería, paradójicamente, un fracaso del sistema.
Porque si todos salieran de la pobreza… ¿quién sostendría el discurso?
Imagínese usted el drama: un país sin pobres. ¿De qué hablarían los políticos? ¿A quién le prometerían? ¿Con qué justificarían su existencia? Sería una tragedia retórica. Un silencio incómodo. Para que madrugar en vano, si ya no hay pobres que mencionar… eso sí sería crisis nacional.
Me refiero, claro, a Brasil, Argentina, Colombia, Perú, Estados Unidos, España, Francia, Reino Unido, India, Sudáfrica, y/o Nigeria. No mencionó a México porque puedo difamar al inegi o luego me sancionan.
Por eso el equilibrio es delicado: hay que reducir la pobreza… pero con prudencia. No vaya a ser que el beneficiario se emocione y termine pagando impuestos, opinando distinto o —peor aún— aspirando. Porque la aspiración también se ha vuelto sospechosa. Antes era motor; hoy es pecado. Antes se celebraba; ahora se corrige.
Pero no se engañe: este libreto no es patrimonio nacional. La pobreza también se globaliza, aunque con versiones premium y otras francamente piratas. En Noruega, por ejemplo, también hay programas sociales. Sí, allá donde el Estado te recibe al nacer y te despide con pensión incluida. La diferencia —detalle menor— es que el apoyo está diseñado para que deje de existir. Una política pública con vocación de extinguirse. Imagínese el escándalo: un programa que funcione y por eso desaparece.
En Luxemburgo, ese discreto club donde la riqueza no se esconde ni se disculpa, también hay redistribución. Pero sin el componente litúrgico del resentimiento. Nadie necesita un enemigo de utilería para justificar el presupuesto. Nadie organiza cruzadas contra el que le fue bien. Qué falta de épica.
En Alemania, el apoyo social viene con una condición casi ofensiva para nuestra sensibilidad tropical: que trabajes. Que te capacites. Que salgas. El Estado te tiende la mano, pero no para que te recuestes, sino para que te levantes. Barbaridades nórdicas con acento germánico.
Y en Estados Unidos, con todo y sus desigualdades, hay ayudas sin poesía ni video en cade nacional. Nadie se toma la molestia de romantizar la pobreza como si fuera patrimonio cultural. No es un símbolo: es un problema. Y aunque también coquetean con sus propias guerras de clase —porque siempre es útil tener villanos—, el éxito no se penaliza en el discurso cotidiano con la misma pasión inquisitorial.
Ahora, si uno quiere ver la versión más perfeccionada del modelo latino, basta asomarse a Argentina: décadas de subsidio convertido en sistema nervioso, donde salir de la dependencia es casi un acto de rebeldía antisocial. O a Venezuela, donde la igualdad finalmente se logró, pero hacia abajo, en una hazaña estadística que consistió en empobrecer a casi todos sin necesidad de ocultarlo. ¡Eso si es democracia, carajo!
La diferencia —y aquí viene lo incómodo— es que en muchos de estos países el discurso político no necesita dividir el mundo en “pobres virtuosos” y “ricos culpables” para funcionar. Existe una idea peligrosísima: que uno puede dejar de ser pobre sin pedir permiso, sin pedir disculpas y, peor aún, sin cambiar de bando. Conste, no hablo de quien lo hacen sospechosamente de la noche a la mañana o siendo un vendedor de libros apenas hace un par de lustros, de pronto puedas comparte una casita chiquita, con jardines, alberquita y calefacción central, en doce millones de pesos.
Aquí, en cambio, seguimos perfeccionando el equilibrio: ayudarte sin soltarte, impulsarte sin que despegues demasiado, rescatarte… pero no tanto como para que olvides quién te rescató. El mensaje de fondo es casi pedagógico: “No quieras ser como ellos… pero tampoco dejes de necesitarme. “Y así, en este juego de espejos, el pobre es elevado a protagonista… siempre y cuando no cambie demasiado su papel. Porque aquí no se trata de que suba el telón sino de que nadie abandone el escenario.
Imaginemos, por un momento, que México despierta convertido en una versión tropical de Mónaco: sin pobres, con un PIB per cápita que hace sonrojar hasta a Luxemburgo, y con políticos obligados a reinventar su vocación dramática. Las campañas ya no podrían arrancar esa máxima porque ya no habría pobres. Así que el candidato, con gesto solemne, anunciaría: “Primero los contribuyentes de alto rendimiento emocional… porque alguien tiene que sostener este país de millonarios resentidos”. Y en vez de prometer becas, ofrecería cursos de humildad para quienes ya lo tienen todo: “ningún ciudadano sin su cuota mínima de carencias simbólicas”.
Porque ese es el dilema: queremos erradicar la pobreza, pero sin que nadie cruce la línea sospechosa de la prosperidad visible. Es decir, aspiramos a un país sin pobres… pero también sin ricos incómodos. Entonces surge la pregunta incómoda: si el pobre deja de ser pobre y el rico no debe ser rico, ¿en qué casillero moral aterriza el ciudadano promedio? Quizá en uno nuevo: “económicamente suficiente pero éticamente culpable”.
Ahora bien, traslademos esa lógica a una campaña en Mónaco, con su PIB per cápita obscenamente alto. El candidato mexicano, fiel a sus raíces discursivas, subiría al templete frente a yates y diría: “¡Basta de desigualdad! No puede ser que haya ciudadanos con tres Ferraris mientras otros apenas completan dos. ¡Vamos por la justicia social automotriz!”. Y la multitud, visiblemente agraviada, aplaudiría entre champañas. El plan de gobierno incluiría “redistribución de yates subutilizados” y “tarifas progresivas para quienes solo tienen un pent-house”.
Y si algún asesor sugiriera, con imprudencia, hablar bien de los ricos “bien habidos” como ejemplo de disciplina, innovación o riesgo, habría que hacerlo con el debido cuidado sanitario: no vaya a ser contagioso. Se propondría entonces un nuevo programa: “Rico, pero responsable”, donde el millonario tendría que demostrar que su fortuna no genera envidia estructural. Porque en esta lógica, el problema no es la pobreza firme, sino la riqueza visible. Y así, entre aplausos y contradicciones, seguiríamos prometiendo un país donde nadie sea pobre… siempre y cuando tampoco se note demasiado que alguien dejó de serlo.




