POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
La vieja clase política mexicana sigue creyendo que los jóvenes no entendemos cómo funciona el poder.
Creen que seguimos atrapados en discursos patrióticos de televisión, mañaneras eternas y promesas recicladas.
Pero esta generación creció viendo mapas criminales en tiempo real, analizando datos, leyendo filtraciones internacionales y entendiendo cómo opera el dinero mediante inteligencia artificial, redes financieras y sistemas de vigilancia digital. Hoy el problema ya no es solamente el narcotráfico.
El verdadero problema es la simbiosis entre crimen, política y poder económico.
Y eso explica por qué Estados Unidos presiona tanto a México.
No porque le preocupe nuestra democracia, sino porque el narco mexicano dejó de ser un asunto local para convertirse en un problema geopolítico y financiero global.
El caso de Rubén Rocha refleja algo mucho más profundo: la crisis de credibilidad del sistema político mexicano.
Durante décadas, los gobiernos fingieron combatir al crimen mientras convivían con él. Pero la tecnología cambió las reglas. Hoy los jóvenes usan inteligencia artificial para rastrear contratos, analizar discursos, detectar redes de corrupción y conectar información que antes permanecía enterrada.
La presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta una bomba política. Si protege a personajes señalados, será vista como continuidad del pacto de impunidad. Si rompe con esas estructuras, puede provocar una guerra interna dentro del propio poder. Y mientras tanto, Estados Unidos observa, presiona y calcula.
La nueva generación ya entendió algo que incomoda muchísimo a las élites: el narco no creció solo.
Necesitó protección política, complicidad institucional y silencio empresarial. La diferencia es que antes podían ocultarlo detrás del miedo.
Hoy existe algo más peligroso para ellos: millones de jóvenes hiperconectados, informados y armados con inteligencia artificial capaces de desnudar las mentiras del poder en segundos.

