POR ING HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Durante años, la clase política mexicana presumió estabilidad económica como si fuera sinónimo de progreso.
Hablan de disciplina fiscal, de autonomía monetaria y de calificaciones internacionales como quien presume paredes recién pintadas en una casa que se está quedando sin cimientos.
Porque mientras el gobierno celebra no haber caído en crisis, millones de jóvenes observan un país incapaz de crecer al ritmo del mundo que ya está naciendo. México vive atrapado en una paradoja peligrosa: estabilidad macroeconómica con estancamiento estructural. La economía sobrevive, pero no despega.
La inversión se debilita, la productividad permanece congelada y la incertidumbre política comienza a convertirse en un impuesto invisible que ahuyenta desarrollo. Las calificadoras internacionales ya no advierten sobre una explosión inmediata; advierten algo peor: un lento desgaste nacional.
Y mientras eso ocurre, una nueva generación comienza a entender un lenguaje que buena parte de la clase gobernante todavía no comprende: el de la súper inteligencia artificial, la automatización y la economía tecnológica.
Los jóvenes mexicanos ya estudian modelos predictivos, programación, análisis de datos y sistemas inteligentes mientras muchos partidos continúan atrapados en discursos de hace treinta años.
La tragedia nacional no es solamente económica; es generacional.
El mundo discute inteligencia artificial avanzada, soberanía tecnológica y productividad automatizada, mientras México sigue debatiendo cómo sobrevivir políticamente cada sexenio.
La vieja política continúa administrando inercias; los jóvenes quieren rediseñar sistemas completos. El verdadero riesgo para México no es únicamente perder competitividad frente al mundo.
El verdadero riesgo es que las nuevas generaciones pierdan la paciencia frente a una estructura política incapaz de comprender la revolución tecnológica que ya transformó la economía global. Porque la historia no espera países lentos. Mucho menos gobiernos atrasados.




