POR ING.HÉCTOR CASTRO GALLEGOS Mientras México se prepara para enfrentar los desafíos del futuro, una pregunta comienza a recorrer los espacios políticos, académicos y ciudadanos:
¿Qué ocurriría si los expresidentes, los grandes protagonistas de las últimas décadas, regresaran al centro del debate nacional? Más allá de simpatías o rechazos, la sola posibilidad revela una transformación profunda en la vida pública mexicana.
Durante años existió una regla no escrita: los expresidentes gobernaban en silencio una vez concluido su mandato. Hoy esa tradición parece haber quedado atrás. Las redes sociales, la polarización política y la permanente disputa por la narrativa nacional han convertido a los antiguos mandatarios en actores que siguen influyendo en la conversación pública.
Sin embargo, para los jóvenes de la nueva generación, el debate no gira únicamente alrededor de los nombres del pasado. Muchos nacieron cuando algunos de esos gobiernos ya habían terminado.
Otros conocen sus aciertos y errores a través de internet, plataformas digitales y sistemas de inteligencia artificial que les permiten contrastar versiones y construir criterios propios. La nueva generación observa con interés la experiencia de los viejos liderazgos, pero también exige espacios para participar en la construcción del país.
No busca heredar viejas disputas ni convertirse en espectadora de conflictos históricos.
Aspira a discutir temas que marcarán su tiempo: tecnología, educación, empleo, seguridad, medio ambiente e innovación. México necesita memoria, pero también renovación.
La experiencia de quienes gobernaron puede aportar lecciones valiosas, siempre que no se convierta en un obstáculo para el surgimiento de nuevas voces. El país requiere un equilibrio entre la sabiduría acumulada y la energía transformadora de la juventud.
Quizá el verdadero reto no sea el regreso de los titanes de la política mexicana, sino la capacidad de abrirles espacio a los jóvenes que habrán de escribir el próximo capítulo de la historia nacional.
Porque el futuro no pertenece a quienes ya lo vivieron, sino a quienes están llamados a construirlo.




