POR ING.HECTOR CASTRO GALLEGOS
Mientras millones observan el Mundial y las redes sociales se llenan de imágenes fugaces, una revolución silenciosa ocurre en la mente de los jóvenes.
Ya no dependen exclusivamente de los discursos oficiales, de los grandes medios o de las narrativas construidas por los grupos de poder económico.
Hoy cuentan con una herramienta inédita: la inteligencia artificial, capaz de contrastar información, identificar patrones históricos y ampliar la capacidad humana de análisis. Las investigaciones en neurociencia de Diego Redolar Ripoll han mostrado que el cerebro humano no está diseñado únicamente para competir, sino también para cooperar, empatizar y construir vínculos sociales.
Cuando una sociedad premia exclusivamente la acumulación de riqueza y el éxito individual, termina debilitando aquellos circuitos que sostienen la cohesión comunitaria.
El resultado es una economía más rica en cifras, pero más pobre en bienestar colectivo.
En un sentido similar, la reciente visión humanista impulsada por el papa León XIV recuerda que la dignidad humana debe colocarse por encima del mercado. La tecnología, el capital y la productividad tienen valor, pero únicamente cuando sirven al desarrollo integral de las personas. De lo contrario, el progreso se convierte en una nueva forma de dominación. México conoce bien esta tensión.
Durante décadas, una parte de la élite económica presentó sus intereses particulares como si fueran intereses nacionales.
Sin embargo, muchos jóvenes observan una realidad más compleja. Comprenden que la inversión privada es necesaria, pero también que ningún país alcanza un desarrollo duradero cuando la riqueza se concentra excesivamente y amplios sectores quedan excluidos de las oportunidades educativas, tecnológicas y económicas.
La nueva generación ya no analiza el país únicamente desde la ideología. Lo hace desde los datos, la neurociencia, la tecnología y una visión global.
Entiende que el verdadero desarrollo no consiste en fabricar más millonarios, sino en construir más ciudadanos capaces de innovar, pensar críticamente y participar en la prosperidad común.
La gran batalla del siglo XXI no será entre izquierda y derecha. Será entre quienes utilizan el conocimiento para liberar el potencial humano y quienes pretenden seguir administrando privilegios heredados.




