POR ING HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Enfrentamos una realidad que ya no puede explicarse únicamente desde la competencia entre partidos.
El verdadero desafío consiste en recuperar la capacidad del Estado para garantizar seguridad, justicia y oportunidades. Cuando las instituciones pierden presencia en una comunidad, otros actores ocupan ese espacio.
La política deja entonces de ser un instrumento de transformación y corre el riesgo de convertirse únicamente en un mecanismo de administración de crisis.
El servicio público necesita recuperar su dimensión ética. Gobernar no significa conservar el poder, sino fortalecer las instituciones que protegen la dignidad humana.
La autoridad legítima no se mide por el número de programas, discursos o elecciones ganadas, sino por la confianza que inspira y por su capacidad para hacer cumplir la ley con imparcialidad.
Un Estado fuerte no es el que concentra poder, sino el que distribuye justicia.
En este escenario surge una responsabilidad ineludible: incorporar a los jóvenes a una nueva generación de liderazgo público. La política del siglo XXI ya no puede improvisarse.
Exige preparación en inteligencia artificial, análisis de datos, economía digital, ciberseguridad, derecho constitucional, neurociencia aplicada al comportamiento social y evaluación de políticas públicas. Gobernar requerirá cada vez más ciencia y menos ocurrencias.
Los jóvenes deben comprender que participar en política no significa militar en un partido, sino asumir el compromiso de resolver problemas públicos con conocimiento, ética y sensibilidad humana. El futuro pertenecerá a quienes sean capaces de unir innovación tecnológica con valores democráticos. México necesita formar una generación de servidores públicos que piense como estadistas antes que como candidatos.
Esa será la verdadera transformación: construir instituciones que sobrevivan a los gobiernos, recuperar la confianza ciudadana y demostrar que el poder sólo encuentra legitimidad cuando se convierte en servicio.
El porvenir no dependerá únicamente de quién gane la próxima elección, sino de quién sea capaz de reconstruir el Estado para las próximas generaciones.




