POR ING. HÉCTOR CASTRO GALLEGOS
Nos mintieron.
Durante décadas nos vendieron la “guerra contra las drogas” como una cruzada moral, como un acto de protección social.
Pero hoy, desde la mirada cruda de una generación que ya no cree en discursos reciclados, la verdad es otra: nunca fue por la salud, siempre fue por el control.
La ciencia del cerebro lo deja claro: la adicción no es un delito, es una alteración profunda en los circuitos de recompensa, motivación y toma de decisiones.
No se combate con balas ni cárceles, se atiende con tratamiento, acompañamiento y políticas públicas inteligentes.
Castigar a un adicto es tan absurdo como encarcelar a alguien por tener fiebre. Pero el poder lo sabe… y aun así decide lo contrario. ¿Por qué? Porque la prohibición no fracasó: funciona perfectamente para quienes se benefician de ella.
El modelo actual ha creado un mercado ilegal multimillonario, ha fortalecido estructuras criminales y ha justificado una violencia sistemática que desangra países enteros. Mientras tanto, el discurso oficial sigue culpando al consumidor, al joven, al de abajo.
Nunca al sistema que necesita esa guerra para sostenerse. Aquí está la acusación directa: el poder tradicional no quiere resolver el problema de las drogas, porque resolverlo implicaría perder control político, económico y territorial. Legalizar, regular y tratar el consumo como un tema de salud pública desmantelaría el negocio de la violencia.
Y eso no les conviene. La juventud ya lo entendió. No compramos la narrativa del miedo. Sabemos que la represión solo desplaza el problema, que la sangre no cura adicciones y que la hipocresía institucional es parte del ciclo.
Nos hablan de seguridad mientras administran el caos. Pero también tenemos claridad en las soluciones.
Primero: despenalización real del consumo, para sacar a los usuarios del sistema criminal.
Segundo: inversión masiva en salud mental y tratamiento de adicciones, basada en evidencia científica, no en prejuicios morales.
Tercero: regulación inteligente de sustancias, para quitarle el mercado al crimen organizado.
Y cuarto: educación preventiva que entienda el cerebro, no que repita slogans vacíos.
Esto no es ingenuidad, es lógica.
Es entender que el problema nunca fue la sustancia, sino el abandono institucional y la manipulación del poder.
Hoy la verdadera rebeldía no está en consumir, sino en cuestionar el sistema que convierte el dolor humano en negocio.
Y mientras el poder siga apostando por la violencia, la juventud seguirá señalando lo evidente: esta guerra no es contra las drogas, es contra la gente.




