Para mi amigo Holtzman Nuñez.También para nuestros ya amigos y amigas, los de la banda de La Canela y desde luego para todos los de Gastro Bar.
Uno viene a Bogotá pensando que viene a conocer Colombia y termina descubriendo, con cierto sonrojo patriótica, que Colombia ya conocía a México desde mucho antes.
Uno cruza la frontera, cambia los pesos mexicanos o unos dólares por pesos colombianos —operación financiera que produce la sensación de haberse vuelto millonario durante aproximadamente siete minutos— y empieza a caminar.
Ya de por sí en la primera y muchas, en este caso la bitácora aérea, fue meteoricamente escalofriante, apenas si era el round de sombra, los ejercicios de calentamiento para lo que vendría.
“Jugamos los tiempos de compensación antes del partido” dijo Josue y no le faltaba razón: los dos primeros días fueron intensos y muy satisfactorios pero acudiendo aquí y allá y más allá como si nos fueran a correr al día siguiente.
Entonces ocurre …
Entras a un bar cualquiera, en una calle cualquiera, en una noche cualquiera de Bogotá y, de pronto, suena una canción mexicana. No una canción parecida.
Mexicana.
Y ahí está uno, sentado en Bogotá, escuchando a México.
Es como encontrarse a un primo lejano en el extranjero que, además, se sabe de memoria las canciones de la familia.
Porque Colombia quiere a México.
Lo quiere en sus canciones, en sus películas, en sus recuerdos y en esa familiaridad que aparece en una conversación, en un bar o en la voz de alguien que, sin ser mexicano, parece haber crecido escuchando las mismas historias.
Así lo cuenta mi hermano y gran actor de por aca Holtzman Nuñez quien en persona es la antítesis de el carácter de su personaje de Paredón en el Cartel de los sapos 2- malos muy malos, de entrañas- y nos vemos para tomarnos un café y hablar de buena gana de dos países que se merecen ser famosos por tantas cosas mas y no por la violencia y el narcotráfico.
“Gracias a mi papá, crecí escuchando a Pedro Infante, Miguel Aceves Mejia, Jose Alfredo y tantos más” me cuenta y seguimos hablando de eso y más.
Y uno descubre entonces que quizá nos hemos tardado demasiado en corresponder.
Porque si ellos cantan nuestras canciones, nosotros deberíamos aprendernos las de ellos.
Si ellos conocen a José Alfredo, nosotros deberíamos conocer a Joe Arroyo.
Si ellos han hecho suyo a García Márquez, a Botero, a Vives o a Shakira, nosotros deberíamos acercarnos también a sus escritores, sus músicos, sus poetas y sus historias.
Eso es lo que empieza a ocurrir cuando uno camina Bogotá sin prisa.
La Candelaria, por ejemplo, no parece una zona turística: parece una novela que alguien dejó abierta. Casas antiguas, iglesias, librerías, cafés, grafitis, músicos, vendedores y calles empinadas donde uno puede pasar de la historia al presente en media cuadra.
Por ahi esta La Cigarreria, una apariencia de abarrotes mexicano pero al cual concurren voces de oficios y profesiones en cinco metros cuadrados y más de cincuenta años de vida, cerveza, tequila si alguien pide, repertorio bogotovenemexicanos y empanadas de arroz muy harta rebuenas.
También un puesto de tacos mexicanos atendido por mi tocayo, un intrépido venezolano que te resuelve todo y que puede darle las tres y media vuelta al Bicho, standupero callejero que hace reir a una bolita de rolos sentados en el piso.
Luego está el Museo del Oro, donde los colombianos llevan siglos demostrando que siempre hubo mejores maneras de administrar el presupuesto nacional.
Y Monserrate, allá arriba, vigilando la ciudad. Uno sube y descubre que la espiritualidad también puede consistir en quedarse sin aire o sin un amigo que por ahí está, dándole a un té de coca antes de irnos con recuerditos en manos y una corretiza tras de mí de la vendedora de hormigas culonas pa que le comprara un paquetito.
Pero Bogotá no se entiende solamente desde sus museos.
También se entiende en sus mercados.
En La Perseverancia, por ejemplo, uno encuentra una ciudad menos turística y más verdadera: la que come, conversa, vende, cocina y se ríe.
Y luego están esos lugares donde el viaje deja de ser turismo y empieza a convertirse en amistad.
Como el Gastrobar Bar, donde Joan y Doña Martha, su madre Paula y Daniela como representando a tanta belleza femenina de acá y nos regalaron algo que ningún guía turístico puede recomendar: tiempo.
Nos trataron como si fuéramos viejos conocidos y nos hicieron sentir, por unas horas, que no estábamos de paso.
En La Casona aparecieron los billares y, como si la noche necesitará todavía otro personaje, aquel muchacho del arpa que tocaba música llanera. Uno escucha el arpa en Bogotá y comprende que Colombia no cabe en una postal, ni en un estereotipo, ni mucho menos en esa visión reducida que desde fuera pretende resumir en narcotráfico, mujeres hermosas y unas cuantas canciones famosas.
Colombia es mucho más.
Es también el café.
Y aquí conviene detenerse.
Bogotá amanece fría, pero bella. Nada que no quite un tinto.
Un tinto, para quien viene de México, es simplemente café negro, generalmente pequeño y sin leche. Pero aquí parece otra cosa: una especie de mecanismo nacional para poner en marcha la vida.
Hay ciudades que despiertan con prisa; Bogotá despierta envuelta en una bufanda de neblina. Uno bebe café y, de pronto, las montañas dejan de parecer tan lejanas, las calles cobran ánimo y hasta el frío empieza a conversar.
Y mientras uno camina, toma café, come, escucha música y conoce gente, empieza a descubrir otra Bogotá.
La de José Asunción Silva, por ejemplo.
Entrar en la casa del gran poeta colombiano es entrar también en una parte más íntima de Colombia: esa que no necesita ruido para quedarse en la memoria.
Porque los países también se conocen por sus poetas.
Y quizá por eso este viaje me ha dejado pensando en México.
Tenemos demasiadas cosas en común.Los dos tenemos una relación complicada con la política.Los dos desconfiamos de nuestros gobiernos, aunque después votemos por ellos.
Los dos tenemos una capacidad extraordinaria para sobrevivir a nuestras propias decisiones.
Sabemos convertir una tragedia en chiste, un problema en sobremesa y una crisis nacional en conversación de cantina.
Tenemos corrupción, burocracia, desigualdad, políticos que prometen el paraíso y ciudadanos que ya aprendieron a preguntar primero dónde está el estacionamiento.
Hágale, parcero.
Y, sin embargo, seguimos.
Eso también nos hermana.
Nos reímos del muerto, del gobierno, del presidente, del vecino, del dólar, del peso, de la inflación y hasta de nosotros mismos.
El problema es cuando nos reímos tanto que se nos olvida arreglar algo.
Pero esa es otra columna.
Esta es sobre Bogotá.
Sobre una ciudad que en un solo día puede ofrecer frío, lluvia, sol, neblina y otra vez frío, como si el clima también tuviera sentido del humor.
Una ciudad que camina entre montañas y ladrillos, entre iglesias y grafitis, entre poesía y billares, entre el café y el aguardiente.
Y sobre todo, una ciudad que me hizo pensar que México y Colombia están mucho más cerca de lo que dicen los mapas.Geográficamente sí estamos lejos.
Emocionalmente, no tanto.
Porque uno puede caminar miles de kilómetros y seguir encontrando algo conocido.
Una canción.Una palabra. Tantas palabras: el lenguaje y el uso del habla.Una comida.Una risa.Un café.
Un desconocido que te trata como amigo.
Eso me pasó en Bogotá.
Vine a conocer Colombia y terminé descubriendo algo de México.
Y también descubrí que viajar no debería servir para comprobar que nuestro país es mejor que los demás, sino para aceptar que cada país tiene sus heridas, sus contradicciones, sus miserias y sus maravillas.
Hago una pausa para llorar.
Llorar y llorar.
Colombia no necesita parecerse a México para que México la quiera.
Ni México necesita parecerse a Colombia para que Colombia lo quiera.
Pero hay algo hermoso en ese extraño parentesco.Ellos nos han cantado durante décadas y a Juan Ga y a Vicente le consta.Nos han visto.Nos han leído.
Nos han convertido en parte de su imaginario.
Ahora nos toca corresponder.
No con discursos diplomáticos. Eso dejenselo a los cancilleres, que para eso cobran.
Con algo mucho más sencillo:
conocerlos.
Escucharlos. Leerlos. Comerlos —metafóricamente, por supuesto, aunque una bandeja paisa podría hacer pensar lo contrario—.
Visitarlos.Y brindar aunque sea con lulo o aguapanela y dejar una arepa para al rato y un caldo de costilla para el guayabo o buscar la Puerta Falsa para el Tamal o chocolate con queso sea en bogota o ahí en ese pueblo Zacapirà que parece que lo hicieron a mano.
Porque al final uno descubre que entre México y Colombia hay una frontera geográfica bastante grande y una frontera cultural bastante pequeña que de pronto la pudiéramos recorrer a lomo de caballo, de Llama o arriba de una moto de las tantas que recorren la ciudad dándole estruendosa serenata con sus roncos sonidos.
Tan pequeña que basta entrar a un bar en Bogotá, escuchar una canción mexicana, pedir un café o encontrarse con alguien que te abre la puerta de su ciudad para sentir que uno nunca estuvo completamente lejos.
Como ese puño entrañable de quienes ahora son nuestros amigos y amigas, incluyendo su fiel perra La Canela, a quien conocimos junto a La Irlandesa buscando también ellos la felicidad y después de titubear con una pregunta, abrieron sus brazos para llevarnos de la manita a su parranda como quien se encuentra con la raza del barrio, se trasladan al antro de siempre y al regreso cantan a coro por esas cansadas pendientes, las de Vicente tan querido acá o a Jose Alfredo o Ferrusquia.
Y quizá esa sea la mejor noticia.
Que todavía existen lugares donde uno llega como extranjero y termina la noche sintiéndose ligeramente local.
Eso,en tiempos de muros, nacionalistas y patriotas profesionales, es casi un milagro.
Así que habrá que corresponder.
Porque si Colombia nos quiere tanto, lo menos que podemos hacer los mexicanos es devolverle el favor antes de que se arrepienta.
El jueves Colombia recuerda la Batalla de Boyacá y este viernes cambió solemnemente de presidente. Y hasta eso tuvo una pequeña novedad: la ceremonia de posesión se fue a Cali, como si la historia, por un día, hubiera decidido cambiar de escenario.
Sin querer queriendo por allà anduvimos y si no que le pregunten a Don Ramôn y al Chapulín Colorado,personajes de Roberto Gomez Boĺan̈o que tanto quieren y ya hasta adquirieron doble nacionalidad.
Como si alguien quisiera retenerte, dijera el llanero agropecuario Andres Franco.
Lloré mucho, lloré de corazón
Y tuve que beber amargo llanto
Era de sentimiento y soledad
Te fuiste sin adiós una mañana.
No.
Pero si algún día, estando lejos, alguien pregunta por mí, quizá bastará con decirle:
Si muero lejos de ti, diles que estoy dormido,
y que a Bogotá le agradecí.
Con el arpa y el alma llanera o con guitarra y acordeón.

